Trotsky en México
La cálida y luminosa mañana del 9 de enero de 1937 un barco petrolero proveniente de Noruega, el Ruth,acodaba en el puerto mexicano de Tampico, en la costa atlántica. Entre los escasos tripulantes que transportaba el buque tanque se hallaba un ilustre y controvertido pasajero: el dirigente revolucionario y pensador marxista nacido en Ucrania en 1879, León Davidovich Trotsky. Veinte años antes, sus actividades de propagandista y organizador político habían contribuido decisivamente al triunfo de un acontecimiento que conmovió el mundo: la Revolución de Octubre.
Expulsado de la Unión Soviética por la burocracia de Stalin en febrero de 1929, Trotsky, junto a su esposa Natalia Sedova, residió hasta diciembre de 1936 en tres países: Turquía, Francia y Noruega. Durante su exilio, el revolucionario propugnó los principios del bolchevismo y combatió ideológica y políticamente el stalinismo. Además, se dedicó a organizar a sus partidarios rusos y extranjeros en la Oposición Internacional.
Convencido de que la Komintern y el Partido Comunista de la Unión Soviética no retornarían a la senda del internacionalismo proletario y de la democracia obrera, Trotsky, a partir de 1933, planteó la necesidad de fundar una nueva Internacional. Asimismo, Trotsky sostuvo que, únicamente, el desenvolvimiento de una revolución política, de carácter obrero, podría revertir el proceso de degeneración burocrática e impedir el restablecimiento del capitalismo en la URSS. Estas ideas las expuso en un manojo de importantes trabajos teóricos y documentos políticos producidos en la década del treinta.
Por aquellos días, en la Unión Soviética, Stalin se proponía eliminar todo vestigio de oposición interior a su régimen y aniquilar la vanguardia revolucionaria del proletariado. Con miras a cumplir estos fines, en agosto de 1936, ordenó la apertura de los Procesos de Moscú, farsa judicial que condujo al banquillo de los acusados a eminentes personalidades de la antigua dirección del Partido Bolchevique. Éstos fueron sindicados de servir a potencias extranjeras y conspirar contra la URSS. En las confesiones de los inculpados el nombre de Trotsky fue invocado constantemente, presentándolo como el organizador de la conjura terrorista y aliado de la policía secreta alemana y del Imperio japonés. Adicionalmente, el hijo de Trotsky, León Sedov, fue presentado como su principal colaborador.
Apenas informado de la realización del primer proceso, Trotsky, desde Noruega (país en el que vivía en condición de asilado desde junio de 1935), redactó una declaración en la que calificó las acusaciones como "una de las más grandes falsificaciones de la historia de la política" [1].
Con el objeto de impedir que Trotsky refutara las acusaciones de Moscú, el Gobierno socialista de Noruega, cediendo a las presiones económicas de la Unión Soviética –que amenazó con un boicot al comercio noruego–, ordenó su arresto domiciliario. También le negó el derecho de escribir artículos sobre asuntos políticos de la actualidad y conceder entrevistas a la prensa. Durante tres meses, Trotsky estuvo incomunicado y su correspondencia fue objeto de control por la censura. Cuando las autoridades noruegas comenzaban a evaluar la posibilidad de su expulsión, ningún otro Gobierno ofreció acogerlo.
Así, a fines de 1936, el mundo se había convertido para Trotsky en "el planeta sin visado" (expresión que el revolucionario dejó registrada en las páginas finales de su autobiografía, escrita en 1929) [2]. En esa acuciante circunstancia, plena de zozobra, mexicanos identificados con sus ideas, agrupados en la Liga Comunista Internacional, informados de que la vida de Trotsky corría peligro, acordaron buscar refugio para el líder revolucionario en tierra mexicana. En noviembre de 1936, el artista Diego Rivera y el profesor Octavio Fernández gestionaron personalmente ante el presidente Lázaro Cárdenas la petición de asilo. Poco después, a inicios de diciembre, el general Cárdenas dispuso que el dirigente ruso ingresara a México en calidad de asilado político.
Aquella mañana, en el puerto de Tampico, Trotsky y su esposa Natalia fueron recibidos por un reducido séquito de amigos y por funcionarios del Gobierno. ¡Cuán grande debió ser la sorpresa de los recién llegados al enterarse de que el general Cárdenas les había enviado el tren presidencial para conducirlos a México capital!
Poco después de hollar suelo azteca, Trotsky escribió en su diario:
"El contraste entre la Noruega septentrional y el México tropical no se hacía sentir únicamente por el clima. Liberados de una atmósfera arbitraria, nauseabunda, de mortal incertidumbre, estamos rodeados de atención y hospitalidad" [3].
En su nuevo país de residencia, Trotsky y Natalia hubieron de instalarse en la espaciosa y colorida casa paterna de la joven pintora Frida Kahlo, esposa de Diego Rivera. La residencia se localizaba en el número 127 de la avenida Londres, en Coyoacán –suburbio de la Ciudad de México–, y era conocida como la Casa Azul por el color que ostenta su fachada (hoy Museo Frida Kahlo). Trotsky y su esposa permanecieron en la Casa Azul la mayor parte de su estancia en México: desde el 11 de enero de 1937 hasta el 5 de mayo de 1939 [4]. Con la llegada del matrimonio ruso, por medidas de seguridad, se clausuraron las ventanas que daban a la calle con bloques de adobe y una guarnición policial custodiaba la puerta de entrada. Además, por las noches un reducido grupo de trotskistas mexicanos se encargaba de la guardia.
Una de las primeras actividades de Trotsky en el país latinoamericano fue organizar su defensa ante las acusaciones provenientes de Moscú. Fue en abril de 1937 cuando Trotsky ejerció su autodefensa ante la Comisión de Investigación, presidida por el filósofo y profesor universitario norteamericano John Dewey, que sesionó en el salón de la casa de Frida Kahlo. A través de un conjunto de documentos oficiales y de su propio testimonio, Trotsky demostró la falsedad de todos los cargos que se habían proferido en su contra. En diciembre de 1937, la Comisión Dewey publicó su veredicto, concluyendo que los procesos de Moscú eran "fraudes judiciales" y declarando la inocencia de Trotsky y León Sedov.
Tras haber concluido su autodefensa, Trotsky continuó analizando la situación política mundial y desplegó energías en la construcción de una nueva Internacional, basada en los principios estratégicos y tácticos del leninismo. Desde entonces se consagró a tal misión, que consideró como la obra de mayor envergadura y trascendencia de su vida en tanto que revolucionario. La conferencia fundacional de la IV Internacional se llevó a cabo en Périgny, Francia, el 3 de septiembre de 1938. En éste se aprobó el Programa de transición, documento redactado por Trotsky.
Además de su labor específicamente política, Trotsky prosiguió con sus actividades teóricas y literarias. Durante su estadía en México, escribió los siguientes libros: Los crímenes de Stalin (1937), dedicado a desenmascarar los dos primeros Procesos de Moscú; Su moral y la nuestra (1938), trabajo que versa acerca de la moral comunista, que contrapone a la concepción moral burguesa; En defensa del marxismo (1940), que reproduce su polémica con los trotskistas norteamericanos Max Schachtman y James Burnham acerca de la naturaleza de clase del Estado soviético; Los gangsters de Stalin (1940), libro constituido por los escritos en que Trotsky denunció la conspiración contra su vida por parte de la GPU (la policía política soviética), en complicidad con los personeros mexicanos del stalinismo (este volumen se publicó en México en septiembre de 1940, un mes después de su asesinato); y Stalin (1941), biografía del autócrata soviético, obra inconclusa y de publicación póstuma.
Durante su permanencia de tres años y siete meses en México, Trotsky tuvo que enfrentar los constantes ataques virulentos y las infamias del Partido Comunista Mexicano (PCM) y la Confederación de Trabajadores de México (CTM), organizaciones dominadas por el stalinismo, y de sus publicaciones: El Popular, Futuro y La Voz de México. De esta suerte, acusaron a Trotsky de ser agente del fascismo, de preparar una huelga general, y hasta de organizar una intervención contrarrevolucionaria extranjera en México. Trotsky se defendió de sus enemigos ante la opinión pública.
No debe olvidarse que, durante su permanencia en México, Trotsky recibió dos noticias que causaron en él y su esposa un enorme sufrimiento: la muerte de su hijo y principal colaborador, León Sedov, en una clínica de París, en febrero de 1938 (fue envenenado por agentes de la policía de Stalin, mientras convalecía de una operación de apéndice), y el arresto en la URSS de su menor vástago: el apolítico Serguei Sedov, quien sería fusilado en 1937.
El viaje de André Breton y su compañera Jacqueline Lamba a México en 1938, permitió que el poeta y el revolucionario se conocieran. De las conversaciones que sostuvieron Trotsky, Breton y Rivera surgió la redacción del manifiesto Por un arte revolucionario independiente. Éste llamaba a la creación de una organización internacional de artistas: la Federación Internacional de Artistas Revolucionarios Independientes (FIARI).
Al comenzar el año 1939, por divergencias políticas, sobrevino la ruptura entre Trotsky y Diego Rivera. De resultas de ello, Trotsky decidió que no debía permanecer en la Casa Azul. En el mes de marzo, Jean van Heijenoort, secretario, traductor y guardaespaldas de Trotsky, encontró en Coyoacán, muy cerca de donde vivían, una casa deshabitada, que había sido puesta en alquiler y que reunía las características adecuadas a los requerimientos de Trotsky y sus acompañantes: contaba con varias piezas, un amplio jardín y la cercaba un muro. Después de no pocas mejoras y modificaciones para dejarla en condiciones habitables, la casa situada en la avenida Viena acogió a sus nuevos moradores a inicios de mayo de 1939.
Avenida Viena 19
Enclavada en el sur de la capital mexicana, Coyoacán era, a fines de los años treinta, una zona residencial de paisaje rústico. Convertida en Delegación del Distrito Federal en 1929, la antigua villa vivía un proceso de transformación urbana. Contaba con una población estimada en 30.000 habitantes.
En el norte de Coyoacán, en los antiguos predios de la Hacienda del Carmen, la nomenclatura de las calles fue adoptada de ciudades europeas y héroes de la Independencia mexicana. Al final de la avenida Viena, en el número 19, esquina con Morelos, en la ribera del río Churubusco, se localizaba la propiedad de los Turati, una familia de comerciantes. Edificada hacia 1903, la mansión constituía una villa de recreo. La construcción era sólida y espaciosa; la rodeaba una barda, tenía jardín interior, y se componía de dos construcciones: al norte, una torre de observación, coronada con un águila de metal, símbolo del escudo mexicano, desde donde se oteaba el paisaje ribereño; y, al sur, el edificio de una sola planta, en forma de T, dividido en varios ambientes y que tenía un pórtico. Este espacio fue coronado por una balaustrada con florones hechos de pasta de mármol.
Durante algún tiempo, antes de la llegada de Trotsky, funcionó en esta casa el Instituto Óptico Científico (tal como se observa en una de las fotografías que el Museo León Trotsky exhibe en la actualidad). Según parece, hacia 1935, la casona fue deshabitada y entregada al abandono.
En marzo de 1939, Van Heijenoort encontró la casa y, según lo relata, sus propietarios la alquilaban a un precio muy asequible, pero se encontraba en un estado ruinoso (tenía algunos pisos hundidos). De ahí que para hacerla habitable y segura, además de amoblarla, se requiriera de una serie de trabajos de reparación y fortificación. También era necesario pintarla. El obrero Melquíades Benitez, un joven trotskista, junto con otros, se encargaron del cumplimiento de estas tareas.
Las obras de fortificación implicaron: la clausura del acceso principal y del balcón que daba a la avenida Viena, la elevación del muro, y se estableció otro portón de ingreso que ofrecía mayor seguridad. De otra parte, fue edificada, junto a la pared que limitaba la propiedad con el río Churubusco, una construcción de dos pisos, hecha de ladrillos, para que sirviera de vivienda a los guardias. Ulteriormente, se instaló un eficaz sistema de alarma y un dispositivo eléctrico para abrir la puerta de entrada [5].
Por esos días, la avenida Viena no estaba asfaltada y presentaba escasas construcciones; a ambos lados existían humildes casas de adobe. En los alrededores había sembradíos de maíz, y en los predios aledaños al río se erguían frondosos eucaliptos.
El 5 de mayo, Trotsky y Natalia se trasladaron a su nueva vivienda. En ésta transcurrieron los últimos dieciséis meses de la vida de Trotsky.
Van Heijenoort recuerda:
"Trotsky se sintió bien en la nueva morada. Una vez puesta en condiciones, no dejaba de tener atractivo. Había espacio. La disposición de las habitaciones era tal que la parte de la casa en la que vivían Trotsky y Natalia estaba bien separada y podían tener intimidad. Trotsky comenzó a plantar cactos, se instalaron conejeras y era él quien se encargaba todas las tardes de cuidar los conejos" [6].
En el edificio principal se encontraba el despacho de Trotsky, su recámara y la pieza que sirvió de dormitorio a su nieto, Sieva Volkov. En el área contigua a las dos habitaciones se instaló el cuarto de baño y el vestidor de la familia. Otros ambientes fueron la cocina, el comedor y la oficina reservada a los secretarios y guardias. Todos estos ambientes fueron amoblados muy sobriamente (el mobiliario era rústico). El estudio de Trotsky y la oficina de los secretarios no tardaron en verse llenos de libros, colecciones de revistas y diarios y correspondencia.
Desde la construcción del edificio, el jardín fue el espacio alrededor del cual se fue desarrollando la casa. Con la llegada de Trotsky, ésta fue el área más cuidada. El jardín, sembrado de altos y frondosos árboles, se componía de grandes áreas de césped rodeadas por bordas florales. Entre las especies que contenía figuraban: margaritas, lirios, platanillos, rosas trepadoras y diversos tipos de cactáceas, que Trotsky gustaba de recoger en sus viajes por México.
En el ala norte se ubicaba la casa de los guardias, la bodega, el gallinero y las conejeras.
Como medida de seguridad, una escolta de cinco policías, comandados por el suboficial Jesús Rodríguez Casas, Jefe del Servicio de Guardia de la casa de Trotsky, custodiaba los exteriores. Para tal fin, frente al edificio, al final de la calle, se instaló una caseta para los policías. En el interior de la casa, entre ocho y diez trotskistas montaban guardia.
En los últimos meses de 1939, circuló el rumor de que las organizaciones stalinistas en México se disponían a comprar la vivienda para dificultar la estancia de Trotsky en el país. Merced a los fondos proporcionados por el Socialist Workers Party, de los Estados Unidos, Trotsky adquirió el inmueble. Éste y dos automóviles (de marcas Ford y Dodge) constituyeron sus únicas propiedades.
Trotsky poseía escasos recursos pecuniarios. Sus únicos ingresos provenían de sus derechos de autor, tanto por sus libros cuanto por los artículos políticos que se publicaban en medios periodísticos internacionales. Ello le permitía, además de la manutención de su familia, sufragar los servicios prestados por los secretarios, guardias y el personal doméstico. De otra parte, con la crianza de aves de corral, Trotsky contribuía a proveer de alimentos a quienes vivían con él.
En 1939 y 1940 residieron en la casa de la avenida Viena, en diferentes momentos, los siguientes colaboradores: el francés Jean van Heijenoort, el alemán Otto Schüssler, los norteamericanos Harold Robbins, Charles Cornell, Alex Buchman, Christy Moustakis, Walter Ketley, Robert Sheldon Harte, Jake Cooper, Joseph Hansen, y el checoslovaco Jan Bazan. Asistía a la casa la señora Fanny Yanovich, la mecanógrafa rusa, quien durante tres o cuatro horas diarias se encargaba de transcribir a máquina los cilindros del dictáfono. Después del primer atentado contra la vida de Trotsky, en mayo de 1940, la familia Fernández (Leobardo y sus hijos: Octavio y Carlos) acudían por la noches para reforzar la guardia. El servicio doméstico corría a cargo de la cocinera Carmen Palma y la sirvienta Belén Estrada. También participaba en los trabajos de la casa Melquíades Benítez.
El 8 de agosto de 1939 llegaron a Coyoacán Alfred y Marguerite Rosmer, viejos amigos de los Trotsky. Ellos traían de Francia a Vsievolod (Sieva) Volkov, hijo de Zinaida Bronsteina – la hija mayor de Trotsky – y Platón Volkov.
Sieva tenía trece años, había quedado huérfano (su madre se había quitado la vida en Berlín, en 1933; y su padre, quien era trotskista, fue ejecutado en un campo de prisioneros en Siberia). Trotsky había obtenido la custodia del menor [7]. Sieva se instaló en la pieza vecina a la de sus abuelos, y al matrimonio Rosmer le fue habilitado un dormitorio situado en la torre.
Habiendo transcurrido sesenta y siete años de su llegada a Coyoacán, Esteban Volkov recuerda así su nuevo hogar:
"La casa de Viena 19, en Coyoacán, encerraba una pequeña comunidad, una trinchera de lucha política, una avanzada del socialismo. Alrededor del abuelo había una atmósfera de solidaridad, de compañerismo y de entusiasmo por el trabajo, tanto en la multitud de tareas y quehaceres de la casa. No había privilegios ni distinciones. El abuelo irradiaba gran dinamismo y una fe inamovible en el futuro socialista de la humanidad" [8].
Un día en la vida de Trotsky
La jornada de Trotsky en la casa de la avenida Viena principiaba a tempranas horas, alrededor de las seis de la mañana. Su actividad inicial consistía en alimentar a sus conejos y pollos, tarea que constituía una de sus principales distracciones diarias y que realizaba cuidadosamente.
A este respecto, testimonia su secretario, el profesor Charles Cornell:
"La tarea de cuidar de ellos también la desarrollaba él mismo metódicamente y con precisión. El alimento era preparado de acuerdo con la mejor fórmula científicamente elaborada que él pudiera obtener, y la cantidad de ésta era cuidadosamente medida. Él inspeccionaba a sus animales regularmente por si existiera algún signo de enfermedad o parásitos. Los gallineros eran mantenidos limpios escrupulosamente. Era obvio que él gozaba con esta distracción de sus tareas sedentarias." [9]
Después de ello, Trotsky ingresaba a su despacho hasta la hora del desayuno. Concluido éste, regresaba a su estudio donde pasaba la mayor parte del día. Ahí leía la correspondencia, los periódicos, dictaba cartas y elaboraba sus escritos. Por lo general, dictaba a su secretaria rusa o se valía del dictáfono para grabar sus textos en cilindros de cera.
En el estudio, Trotsky recibía a sus visitantes (existía la norma de seguridad por la cual cuando recibiera alguna visita, siempre debía estar presente un secretario o guardia). Por lo general, era visitado por trotskistas llegados de los Estados Unidos, aunque se trataban de visitas esporádicas. Además, parte de su actividad la dedicaba a la discusión política y la formación teórica de los trotskistas más jóvenes. Sus camaradas se referían a él afectuosamente como el Viejo.
Trotsky tenía una asombrosa capacidad de trabajo. Su intensa e infatigable labor, que se prolongaba hasta las nueve o nueve y media de la noche, era interrumpida tan sólo a la hora de las comidas y, al atardecer, cuando daba de comer a los animales de su pequeña granja. Después del almuerzo, si no había algún trabajo urgente por realizar, él descansaba durante una hora, conforme a la recomendación médica. Durante las comidas, Trotsky departía y bromeaba con los miembros de la casa. Entrada la noche, después de la cena, se reunía con sus colaboradores para hacer la revisión del quehacer cotidiano. Charles Cornell indica que Trotsky no desperdició un solo instante de su tiempo [10]. Y Van Heijenoort, en su testimonio, escribe que Trotsky trabajaba no menos de doce horas al día, "a veces mucho más, cuando era necesario" [11].
Ocasionalmente, junto a Natalia, sus secretarios, guardias y amigos, Trotsky participaba los domingos en excursiones al campo y picnics. Viajaban en tres automóviles a una o dos horas de la ciudad. En el tercer coche iban visitantes estadounidenses o acompañantes mexicanos. Estas salidas eran una fuente de distracción y esparcimiento a su absorbente y concentrado trabajo diario, y a ellas Trotsky se entregaba con la misma energía, vitalidad y entusiasmo. Cabe recordar que estos paseos fueron suspendidos después del primer atentado contra su vida, en mayo de 1940 [12].
Trotsky se sentía muy atraído por el paisaje montañoso de México. Cuando viajaba por el interior del país, le apasionaba recoger cactus. Él mismo los desenterraba con una pala y una azada para plantarlos después en el jardín de su casa. Los cactus eran recolectados de diferentes lugares, principalmente del Pedregal y de la sierra del Estado de Hidalgo. Recogían ejemplares de cincuenta kilos, a veces de ochenta. Esta especie vegetal le atraía a Trotsky por su exotismo y resistencia, de manera particular una variedad conocida como los viejitos, que eran unos cactus alargados recubiertos con hilos blancos.
En otro de sus viajes, participó en una excursión de pesca en Veracruz, bajo el sol y la intensa luz del Golfo de México.
Esteban Volkov, quien se reencontró con su abuelo en Coyoacán, en agosto de 1939, lo evoca así:
"León Davidovich era un patriarca lleno de vida, de vitalidad. Era afectuoso con todos los camaradas y tenía un gran sentido del humor [...] Trotsky era muy cordial y afectuoso, pero en cuestiones de disciplina, de trabajo, era muy estricto. Recuerdo que me llegó a regañar enérgicamente cuando distraje a uno de los compañeros que estaba de guardia" [13].
De otro lado, Volkov recuerda que la vida en la casa de la avenida Viena transcurría en medio de mucha actividad por parte de sus moradores. El propio Trotsky participaba en estas faenas. Así, cierto día surgió una obstrucción en la cañería sanitaria de la fosa séptica, y Trotsky "fue el primero en tomar el pico y proceder a romper la tubería causante del problema" [14].
Jake Cooper, miembro del Socialist Workers Party, quien integró la guardia en Coyoacán, dice en sus reminiscencias de Trotsky:
"Era un trabajador tremendamente dedicado y esforzado. Yo solía disfrutar escuchándole hablar al dictáfono. Él le hablaba como si se estuviera dirigiendo a su público, y realmente lo hacía. Aunque él dictara en ruso, tenía un talante de voz tan espléndido, tan claro, con tal calidad y sentimiento, que casi todas las palabras que él decía en ruso parecían entendibles para mí, ello a pesar de no conocer el idioma" [15].
Y añade:
"[...] El Viejo era un genio revolucionario puro, modesto y sencillo. Uno podía hablar con él de cualquier tema, desde tu novia hasta de Joe Louis como peleador profesional. Después del combate de box Louis-Godoy, él salió y me preguntó si estaba enterado del resultado de la pelea. Él dijo: 'Jake, Louis dejó a Godoy fuera de combate en el sexto asalto. Creo que no pasará mucho tiempo antes de que Roosevelt lo convoque a su gabinete'." [16]
La vida cotidiana de Trotsky en México quedó registrada por Alex Buchman en un material fotográfico y fílmico, de valor histórico inapreciable. Buchman, ingeniero aeronáutico y fotógrafo aficionado, arribó a México después de haber vivido en China, en donde participó activamente en el movimiento trotskista. En la casa de Coyoacán, sirvió como guardia y se encargó de mejorar el sistema de seguridad. Ahí permaneció durante cinco meses, entre 1939 y 1940, captando con su cámara fotográfica cientos de imágenes de Trotsky y de sus acompañantes. Así mismo, filmó muchas escenas de la vida de Trotsky en su hogar y en las excursiones que realizaba [17].
En cuanto al estilo de vida del dirigente revolucionario, se debe resaltar que estuvo signado por la sencillez y la austeridad. Además, no fumaba ni bebía alcohol, y no le agradaba que fumaran en su presencia.
Acerca de la salud de Trotsky, cabe señalar que en sus últimos años padecía de hipertensión arterial; ello le provocaba intensos dolores de cabeza que lo obligaban a detener su trabajo. Para contrarrestar el mal, Trotsky ingería cloruro de potasio [18]. En estas condiciones, disponía en su estudio de una cama para que pudiera descansar.
De su lado, Natalia Sedova ha contado que, en México, Trotsky estuvo afectado por el insomnio, y que esto lo llevaba a tomar somníferos.
También Natalia se ha referido al sentimiento de pesar que invadía a Trotsky en determinados momentos:
"A veces escuchaba a León Davidovitch, solitario en su gabinete, suspirar profundamente y hablar en voz alta: '¡Qué fatiga, qué fatiga!', murmuraba. 'Ya no puedo más...'. A nadie se lo hubiera dicho. La humillación insensata, la quiebra moral de los viejos revolucionarios a quienes tanto quería, que habían muerto colmándolo – y colmándose – de infamias, lo hundían en un pesar inextinguible" [19].
Debe destacarse, por otro lado, que, desde que el revolucionario ruso arribó a México, su vida se desenvolvió en medio de severos controles y medidas de seguridad. Estos se reforzaron ante las crecientes amenazas de los stalinistas mexicanos.
Disparos en la oscuridad
En 1940, el Partido Comunista Mexicano y la Confederación de Trabajadores de México intensificaron los ataques e injurias contra Trotsky en artículos de prensa y mítines públicos.
Comentando esta campaña sistemática de calumnias en su contra, Trotsky escribió el 17 de agosto de 1940:
"Esta es la forma en que escribe la gente que se está preparando para cambiar la pluma por la ametralladora" [20].
La consigna contra Trotsky se expresó en la manifestación del 1 de mayo de 1940 en Ciudad de México, convocada por iniciativa de la CTM. Estos sucesos constituían la preparación moral de su asesinato ordenado por Stalin desde hacía varios años.
Alrededor de las cuatro de la madrugada del 24 de mayo de 1940, en la casa de Trotsky todos dormían profundamente, cuando un grupo integrado por veinte hombres, armados con ametralladoras portátiles, después de reducir al cuerpo policial del exterior, cortó los cables de teléfono y logró penetrar en el patio. Su ingreso fue facilitado por el guardia de turno de aquella noche, Robert Sheldon Harte, quien les abrió el portón. El objetivo del asalto era asesinar a Trotsky e incendiar la casa. La operación terrorista fue dirigida por el pintor David Alfaro Siqueiros, miembro del Partido Comunista, y combatiente en las Brigadas Internacionales durante la Guerra Civil Española. Los asaltantes, situados en diferentes ángulos del jardín, abrieron fuego, en primer lugar, contra la casa de los guardias y, luego, contra las recámaras de Trotsky y su nieto. La intensa ráfaga impidió que los guardias pudieran salir de sus habitaciones y repelieran la agresión. Cuando ésta se hubo iniciado, la primera reacción de Natalia fue empujar a Trotsky al piso y protegerlo con su cuerpo. Situados en una esquina del dormitorio, detrás de la cama, quedaron fuera del alcance de los disparos. Quietos en el suelo, vieron cómo las balas perforaban las paredes, en tanto que un penetrante olor a pólvora se esparcía por la habitación. Las descargas llegaban desde la ventana y las puertas, creando un fuego cruzado. Fueron cerca de doscientos disparos, de los cuales unos cien impactaron cerca de donde se encontraba la pareja. El lecho fue acribillado. El tiroteo duró alrededor de cinco minutos. En la pieza contigua a la de Trotsky, el pequeño Sieva, al oír los disparos, separó el catre de la pared, se dejó caer y se mantuvo oculto en el rincón del dormitorio. El asaltante que había penetrado en su recámara, además de balear la habitación de su abuelo, también lanzó disparos sobre el lecho. Como resultado de esto, el nieto de Trotsky fue herido levemente en un dedo del pie derecho por el roce de una bala. Otro sujeto ingresó al cuarto; Sieva le escuchó decir: "Aquí están las bombas", pensando de inmediato que harían explosionar la casa. Presa del pánico, el mozuelo salió rápidamente de su escondite y, al correr hacia el patio, casi tropezó en el pasadizo con uno de los atacantes que huía. En el patio llamó angustiadamente a su abuelo para alertarlo de la explosión (más tarde, en el relato que Trotsky ofreció de los hechos, evocaría la voz del niño, sonando en la oscuridad, como "el recuerdo más trágico de esa noche". En ese instante, Trotsky pensó que había sido secuestrado). Luego de ello, Sieva se dirigió a la oficina, cruzó el comedor y descendió de la terraza hasta llegar al primer cuarto de los guardias, que era la habitación de Harold Robbins, donde quedó a salvo [21]. Las bombas a las que se referían los asaltantes no eran explosivas, sino incendiarias, y fueron empleadas para destruir los archivos de Trotsky. Dos de éstas se arrojaron a la casa produciendo un siniestro en la habitación de Sieva que presurosamente Natalia consiguió apagar con unas alfombras y frazadas. Los delincuentes, creyendo con seguridad que habían asesinado a Trotsky, emprendieron la huída, llevándose los dos automóviles de la casa. Poco después, los secretarios y guardias se dirigieron al aposento de Trotsky y comprobaron que la pareja había logrado sobrevivir milagrosamente. Los moradores se reunieron y comprobaron que nadie había perecido. La única ausencia era la de Sheldon Harte, que había partido con los atacantes. Esteban Volkov recuerda de ese momento "la inmensa euforia y alegría del abuelo de haberse librado de ser asesinado" [22].
La actitud exultante de Trotsky nos la confirma Octavio Fernández, trotskista mexicano y colaborador de Trotsky, quien visitó Coyoacán después del asalto:
"Trotsky ni siquiera se veía asustado, casi podría uno decir que estaba feliz. No tenía miedo... Parecía un chamaco mostrándonos con alegría cómo habían volado las balas, cómo había sido el fuego cruzado, etcétera, y cómo él seguía estando aquí y, sobre todo, cómo habían fracasado los asaltantes" [23].
Efectivamente, Trotsky exudaba alegría y complacencia por el fracaso de un plan criminal tan cuidadosamente preparado y ejecutado.
Poco después del asalto, la policía acudió al escenario de los hechos. El encargado de la investigación policial, el coronel Leandro Sánchez Salazar, jefe del Servicio Secreto de México, describió más tarde la serenidad y tranquilidad de Trotsky al narrarle lo acontecido. Al jefe policial le pareció sospechosa esta actitud. Ello y la manera como se produjo el ataque sin dejar víctimas, le hizo conjeturar que se trataba de un autoasalto. Esta fue la hipótesis inicial de la investigación, alentada por la prensa stalinista, que acusó a Trotsky de haber organizado un autoasalto.
Transcurridos algunos días, la policía encontró nuevas pistas tras la detención de individuos implicados en el asalto, miembros activos del Partido Comunista Mexicano. Pero lo que dio un giro sensacional al caso fue el hallazgo del cadáver de Robert Sheldon Harte en las afueras de la capital. A Sánchez Salazar no le cabía duda de que Sheldon era un agente de la GPU y que ésta lo había eliminado para que no fuera descubierto por la policía mexicana y llegara a declarar. Sin embargo, Trotsky estaba convencido de que el joven guardia era inocente, y mandó colocar una placa recordatoria en una pared frente al jardín de su casa con la siguiente inscripción: "IN MEMORY OF ROBERT SHELDON HARTE 1915-1940. MURDERED BY STALIN."
Después del atentado, la casa fue convertida en fortaleza. Las obras de fortificación se realizaron gracias a la contribución económica del Socialist Workers Party, que aportó más de 6.000 dólares [24].
A más del alto muro que la rodeaba, se construyeron tres torres de vigilancia sobre las bardas. Las ventanas situadas hacia la calle Morelos fueron tapiadas parcialmente hasta un nivel seguro. Los ventanales y las puertas que comunicaban las habitaciones fueron reemplazados por estrechas puertas blindadas, cerradas con pesados candados de metal. Únicamente el despacho y la oficina mantuvieron su apertura sobre el jardín. Se perfeccionó el sistema de alarma. Trotsky hubo de escribir que su casa se había convertido en una "prisión medieval". A pesar de vivir en condiciones extremas de seguridad, Trotsky nunca perdió su habitual y característico sentido del humor. Así las cosas, cuando se despertaba al despuntar la luz de día, solía comentarle a su esposa: "Caramba: hemos dormido toda una noche sin que nos hayan matado... ¡Y no estás contenta!" [25].
Trotsky sabía que el fin de sus días se avecinaba. A Natalia le decía que les habían dado una prórroga. Asimismo, al coronel Sánchez Salazar le manifestó poco después del atentado: "La suerte me ha concedido un plazo. Será de corta duración" [26].
El atentado final
Para cumplir con su propósito criminal, la NKVD (departamento del Gobierno soviético encargado de la seguridad del Estado) se valió de otro método. El instrumento ejecutor del asesinato de Trotsky sería el catalán Ramón Mercader, a quien la policía de Stalin había reclutado, junto con su madre, la comunista Caridad del Río, en España durante la Guerra Civil. Se le asignó la tarea de participar en la lucha internacional contra el trotskismo. Identificado como Jacques Mornard, de nacionalidad belga, y usando posteriormente un pasaporte falso registrado a nombre del canadiense Frank Jacson, Mercader se entregó hábilmente a la misión que se le confió.
En el verano de 1938, en París, Ramón Mercader conoció a Sylvia Ageloff, joven trotskista de Nueva York, quien desempeñaba el papel de "correo" de la Cuarta Internacional en vísperas de la conferencia inaugural de esta organización. Mercader le manifestó que era periodista y que su actividad la constituía el comercio. Poco después, consiguió seducir a Sylvia. A través de esta ligazón sentimental, Mercader llegaría a penetrar el círculo de Trotsky dos años después.
La pareja vivió en París durante algunas semanas. Después del retorno de Sylvia a los Estados Unidos, Ramón se embarcó hacia Nueva York en septiembre de 1939. En esta ciudad le anunció a su prometida que, por razones laborales, sería trasladado a México. En enero de 1940 se reunirían en la capital mexicana. En este país la joven hubo de reanudar sus relaciones amistosas con Trotsky y Natalia (su hermana Ruth había asistido a Trotsky en los días de la Comisión Dewey). Sylvia los visitaba ocasionalmente y, cuando esto ocurría, Mercader acudía a recogerla en su Buick sedán. Éste procuraba no acercarse a la casa y nunca manifestó interés por conocer a Trotsky. En las semanas siguientes, la figura del novio de Sylvia comenzó a hacerse conocida entre los guardias; se mostraba amable y servicial con ellos, y ofreció llevar en su automóvil a la pareja Rosmer a Veracruz, donde se embarcarían de regreso a Francia. Así, el presunto Jacques Mornard fue ganando la confianza del entorno más próximo del revolucionario.
Hasta entonces la tarea de Mercader había consistido en observar cómo era la disposición de la casa. Después de fracasar el asalto dirigido por Siqueiros, se le destinó a Mercader la misión de asesinar a Trotsky. Esta orden provino del superior de la NKVD y amante de su madre, Leonid Eitingon.
De tal modo, desde fines de julio de 1940, apareció con más frecuencia en la casa de la avenida Viena. Y súbitamente, Mercader que no había demostrado interesarse por la política, comenzó a manifestar su simpatía por el trotskismo. El 17 de agosto de 1940, Mercader visitó a Trotsky para presentarle un avance de artículo sobre la polémica con los camaradas del Socialist Workers Party. Trotsky leyó el texto e hizo algunas observaciones para que fuese mejorado. En esa ocasión, Trotsky se sorprendió del comportamiento descortés de su visitante: mientras revisaba el escrito en el estudio, su acompañante estuvo sentado sobre el ángulo de la mesa todo ese tiempo sin quitarse el sombrero ni el abrigo, colocándose por encima de su cabeza. Fue después de este episodio cuando Trotsky le confió a Natalia sus dudas sobre este personaje. Tal circunstancia le permitió a Mercader conocer el futuro escenario del crimen.
Tres días después, el 20 de agosto, pasadas las cinco de la tarde, Mercader se presentó en Coyoacán para entregarle a Trotsky el artículo corregido. Ingresó al patio en el momento en que Trotsky alimentaba a sus conejos, actividad que interrumpió para atender al novio de Sylvia. Por segunda vez, Trotsky lo hizo ingresar a su despacho, tomó asiento e inició la lectura de las cuartillas mecanografiadas. Mercader, situado detrás de Trotsky, sacó de su impermeable un piolet de mango recortado y lo atacó por la espalda descargando el arma sobre su cabeza. Trotsky lanzó un profundo y estremecedor grito, se irguió y enfrentó a su victimario, impidiéndole asestar otro golpe. El grito de Trotsky alarmó a los guardias y a Natalia, quienes se dirigieron raudamente al estudio. Trotsky, con el rostro cubierto de sangre, fue atendido en el comedor por Natalia, quien le colocó hielo en la cabeza. Mientras tanto, los guardias se abalanzaron sobre Mercader golpeándolo violentamente. Cuando Trotsky oyó sus lamentos, les pidió que no lo mataran para obligarlo a confesar. (Mercader purgó prisión en México durante veinte años. En ese tiempo, nunca reveló su verdadera identidad ni su vinculación con la NKVD.)
Minutos después, Trotsky era trasladado al Puesto Central de Socorros de la Cruz Verde. Antes de ser operado en el cráneo, comunicó a su secretario Joseph Hansen las que serían sus últimas palabras. En éstas, Trotsky manifestó su seguridad en el triunfo de la Cuarta Internacional.
El arma homicida había penetrado siete centímetros la bóveda del cráneo, en la región parietal derecha, y había dañado abundante tejido del cerebro. Trotsky resistió la operación con enorme fortaleza. Después de luchar contra la muerte durante más de 24 horas, la vida de Trotsky se apagó el 21 de agosto de 1940 a las 7:25 p.m.
Su funeral convocó a miles de personas. Se estima que unas 300.000 desfilaron ante el féretro velado en la Funeraria Alcázar. El 27 de agosto, sus restos fueron cremados. Las cenizas de Trotsky fueron entregas a Natalia, quien decidió conservarlas en su casa. Para albergarlas, se erigió en el jardín un sobrio monumento funerario. El pintor y arquitecto mexicano Juan O'Gorman diseñó la obra: una alta estela rectangular de concreto, con el nombre del revolucionario en letras metálicas y la hoz y el martillo en relieve hundido. En la parte posterior, una caja de concreto custodiaba la urna metálica que contiene las cenizas de Trotsky, y de un mástil de hierro izaba la bandera roja [27].
La casa de Coyoacán después de la muerte de Trotsky
Tras el asesinato de Trotsky, los secretarios y guardias regresaron a los Estados Unidos. Quien continuó morando en la casa durante algún tiempo fue Walter Ketley [28].
Esteban Volkov recuerda la atmósfera que dominaba la casa en aquella época:
"[...] en Viena 19 se apagó el manantial de vida que ahí imperaba. Una atmósfera de soledad y tristeza invadió el lugar. [...] Difícilmente podía uno imaginarse a alguien con mayor dolor y sufrimiento que Natalia, cuando perdió al compañero y ser más querido. La pobre abuela caminaba por el jardín tambaleante, sin rumbo fijo, con la mirada perdida" [29].
El 22 de noviembre de 1940, en las postrimerías del gobierno de Lázaro Cárdenas, en virtud de un acuerdo presidencial, el Departamento del Distrito Federal compró la casa de Coyoacán a la viuda de Trotsky por la suma de 20.000 pesos. Ello le permitió a Natalia disponer de los recursos económicos suficientes para su manutención. Por otra parte, la adquisición del inmueble tenía como proyecto convertirlo en museo. Los familiares de Trotsky mantuvieron la custodia de la casa [30].
De acuerdo con el testimonio de Esteban Volkov, en la primera mitad de la década de 1940, stalinistas infiltrados en las dependencias del Gobierno, intentaron desalojarlos, arguyendo que la propiedad sería demolida para edificar una guardería infantil. El objetivo era "borrar el escenario del crimen e impedir, a cualquier precio, la creación del Museo León Trotsky" [31]. La intervención oportuna del general Cárdenas impidió que se ejecutara esa medida, logrando influir en las instancias del gobierno de Manuel Ávila Camacho. Finalmente, se consiguió que el inmueble fuera donado a la viuda de Trotsky. El Presidente le dio instrucciones al entonces Jefe del Departamento del Distrito Federal, el abogado Javier Rojo Gómez, para que el título de propiedad se inscribiera a nombre de Natalia Sedova. Empero, tal disposición nunca se llevó a efecto de manera formal por causa de que el expediente desapareció sospechosamente [32].
Aquellos años fueron de mucha soledad para Natalia. Recibía las visitas de algunas amistades de México y, rara vez, de amigos europeos y americanos. Después de la muerte de Trotsky, ella decidió que la casa permaneciera tal como su compañero la había dejado, negándose a devolverla a su estado original. De esta suerte, el despacho permaneció como en los días del trabajo de Trotsky. Por otra parte, el amor de Natalia por las plantas hacía que dedicara largas horas al cuidado del jardín, cubierta por un velo de seda y un sombrero de paja [33].
La historiadora francesa Marguerite Bonnet, escribió sobre su amiga Natalia:
"Cada año después del crimen, ella prefería pasar en la casa el día 20 de agosto, esperando los mensajes, arreglando la tumba con nuevas flores, plantando otros rosales, animada por los recuerdos y la fidelidad a la misión que se había dado: mantener viva la memoria de Trotsky. Tan grande fue en ella esta voluntad de preservación que quiso que la casa no experimentara cambios. Se impuso una existencia inconfortable con el fin de que los amigos y los visitantes, en el presente y en el futuro, pudieran, contemplando el decorado de los últimos días de Trotsky, revivir la gran tragedia y quizá sentir las lecciones de su excepcional destino..." [34].
Por su parte, Esteban Volkov, tras concluir su educación escolar, cursó la carrera de Ingeniería Química en la Escuela Nacional de Ciencias Químicas de la Universidad Nacional Autónoma de México. En diciembre de 1953, contrajo matrimonio con Palmira Fernández, exiliada española y modista de profesión. De esa unión nacieron cuatro hijas en la década del cincuenta: Verónica, Nora, Patricia y Natalia. La familia Volkov ocupó el edificio que sirvió de vivienda a los secretarios y guardias de Trotsky, al cual se hizo algunas mejoras.
Durante esos años, Natalia emprendió varios viajes a Francia y en algunos de ellos tuvo largas estancias. El propósito de esas salidas era reencontrase con amistades por las que sentía gran afecto; en especial, le unía un profundo vínculo con Jeanne Martin des Pallières, la viuda de su hijo Lev [35]. En la primavera de 1957, consiguió obtener un visado de entrada en los Estados Unidos, y visitó Nueva York, la ciudad donde viviera con su esposo e hijos en el invierno de 1917. En diciembre de 1960, regresó a París. Para esa época su salud había declinado ostensiblemente. Recibiendo los cuidados del doctor Raphaël Zakine y de su familia, Natalia murió en Corbeil el 23 de enero de 1962. Tal como había sido su última voluntad, sus restos fueron cremados y sus cenizas se devolvieran a México para ser colocadas junto a las de Trotsky.
Mientras la familia Volkov residió en la casona de Coyoacán, Esteban y sus hijas, recibían a las personas interesadas en visitar el lugar que habitó Trotsky. Nora Volkov, en la actualidad directora del Instituto Nacional sobre el Abuso de Drogas (NIDA), en los Estados Unidos, vivió ahí durante su infancia y adolescencia. Nora y sus tres hermanas se alternaban los fines de semana para mostrar la casa. De esta experiencia, recuerda:
"Cuando niñas, si alguien hacía sonar la campana y nos solicitaba que lo guiáramos por el interior de la casa, así lo hacíamos, considerándolo un privilegio. Usualmente dedicábamos un tiempo prolongado en conversar y atender a los visitantes" [36].
Nora Volkov relata que un día sirvió de guía a un grupo de visitantes venidos de Sudamérica, y conversó extensamente con uno de ellos. El tema central de la conversación fue Cien años de soledad, la novela que leía en ese tiempo. Sólo después supo que la persona con quien había conversado aquella tarde era el autor de la obra: Gabriel García Márquez [37].
Hasta 1972 la familia Volkov habitó la casa, y en 1975 se convirtió en Museo. A partir de entonces vivió en ella el personal voluntario encargado de mostrarla al público. Los visitantes eran, por lo común, europeos y norteamericanos. Desde finales de los ochenta comenzaron a visitarla también ciudadanos soviéticos. Así, en 1990, la colonia soviética en México, con la autorización de su Embajada, organizó una excursión: la primera visita oficial de soviéticos al Museo desde su creación [38].
En razón de que el presupuesto estatal para la conservación del Museo era escaso, Esteban Volkov continuó contribuyendo económicamente. También se recibieron donaciones voluntarias de quienes lo visitaban y de organizaciones trotskistas. Ocasionalmente, el Museo recibió el apoyo de la Delegación Coyoacán para su mantenimiento, como fue en 1984, año en el que se hicieron algunas reparaciones y la casa fue pintada. Empero, la ausencia de mantenimiento profesionalmente diseñado fue la causa principal de su deterioro progresivo. Igualmente, el jardín se descuidó. La ausencia de cuidado hizo que con el paso del tiempo ese espacio alterara su apariencia y su sentido original.
El Museo Casa de León Trotsky
La casa de León Trotsky se convirtió oficialmente en museo público en agosto de 1990. El Departamento del Distrito Federal, institución encargada del gobierno de la capital mexicana, durante la administración del licenciado Manuel Camacho Solís, acordó la constitución del Museo Casa de León Trotsky. Para este fin, la Secretaría de Desarrollo Social del D.F. dispuso la restauración de la casona y que le fuera anexado un terreno colindante en desuso –un club de squash–. Este edificio fue adaptado para que sirviera de sede al Instituto del Derecho de Asilo y las Libertades Públicas, sito en la avenida Río Churubusco 410, colonia del Carmen, Coyoacán.
El Instituto nació con la finalidad de estudiar la institución del derecho de asilo en México y en el mundo, de realizar actividades académicas o eventos culturales relacionados con el derecho de asilo y las libertades públicas, de impulsar la presentación de estudios sobre esta materia y promover la donación de material documental, bibliográfico y hemerográfico para ampliar el acervo inicial del Instituto. Originalmente, su biblioteca se constituyó con el Fondo Rafael Galván, especializado en temas sociales, y las donaciones del exilio español de 1939 y el chileno de 1973.
La administración del Instituto se realiza a través de un fideicomiso bancario, el cual destina los fondos económicos para asegurar tanto el funcionamiento adecuado del Instituto cuanto la conservación del Museo León Trotsky [39].
El amplio espacio que ocupa el Instituto cuenta con una biblioteca, una sala de exposiciones temporales y una sala de conferencias (con capacidad para ochenta personas). En el segundo nivel, se instaló una pequeña cafetería, cubículos para los investigadores y una oficina. En una de las salas y en el auditorio fueron exhibidos dos lienzos, de gran formato, obras de Vlady, que tienen como motivo el asesinato de Trotsky.
El portón de metal que daba acceso al Museo, situado en la calle Viena número 45, fue clausurado. A partir de 1990, el ingreso a la casa de Trotsky se hace a través del nuevo edificio. Bajo las gradas de la sala de conferencias, se encuentra el pasillo de entrada al Museo Casa, que conduce al área donde se hallaban los gallineros, localizados al fondo del jardín.
La integración espacial y funcional del Instituto del Derecho de Asilo y las Libertades Públicas al Museo León Trotsky fue una decisión acertada y plena de significado histórico, en virtud de que Trotsky es el paradigma del perseguido político y uno de los asilados más importantes en la historia de México.
A medio siglo de ocurrida la tragedia en Coyoacán, la última morada del revolucionario, que atravesaba por problemas de mantenimiento y deterioro, fue restaurada. A un tiempo, recibió por primera vez tratamiento museístico. La restauración de la casa tuvo el propósito de mostrar el vivir cotidiano de sus ocupantes. El criterio fundamental fue recrear museográficamente la época histórica comprendida entre el 24 de mayo y el 20 de agosto de 1940. Para ello se realizó un exhaustivo trabajo de investigación documental e iconográfico basado en las fotografías y en los recuerdos. El coordinador general del proyecto de restauración fue el arquitecto Antonio Latapí Boysselle.
Por lo tocante a la pintura de la casa, se hicieron calas cromáticas para identificar los colores empleados en la época en que Trotsky la habitó. Se eliminaron las capas pictóricas posteriores a 1940 y, de acuerdo con la cromática del período escogido, se aplicaron colores que reproducen los originales (cada ambiente presenta un colorido diferente).
Con respecto a los bienes muebles, la primera tarea fue rescatar los objetos que se habían guardado u olvidado a efectos de reincorporarlos a su ambiente. Había objetos que sólo requerían de conservación y otros de restauración. Según la información que nos proporcionó el arqueólogo Ricardo Bueno Cano, miembro del equipo de restauración, la mayor dificultad en la realización de tales tareas fue el estado de fragilidad en el que se encontraban los objetos. Por causa de la humedad y el apolillamiento de la madera, los fragmentos deteriorados de las puertas y las ventanas fueron repuestos a través de la carpintería. Por otro lado, se adquirieron algunos objetos correspondientes a la época para la ambientación, tales como la hielera, el equipo de radio y el teléfono [40].
Durante los cincuenta años transcurridos, el jardín había alterado su aspecto original. Nuevas especies, como vástagos, palmas y bugambilias, habían sido introducidas. Además, la falta de cuidado hizo que luciera desordenado. Siempre gracias a las fotografías y los recuerdos se logró recuperarlo y sanear las especies originales, como margaritas, lirios, rosas trepadoras y cactus. Además, los árboles fueron podados ligeramente [41].
En el primer nivel de la casa de los guardias se montó una exposición de fotos y cédulas sobre la biografía de Trotsky. En esta sala se colgó una pintura al óleo que representa al revolucionario, obra de E. Andreas, fechada en 1940, retrato que fue encontrado abandonado en una de las habitaciones. La pintura lucía en pésimo estado y fue restaurada para su exhibición.
Para garantizar la seguridad y el control del recorrido, se instaló en todas las salas de la casa, sobre el piso de madera, una plataforma con barandal de cristal para encauzar al visitante. También se instaló en cada ambiente un sistema de iluminación museográfica de pequeñas dimensiones.
En 1990 se constituyó el Consejo Consultivo del Museo [42].
El 20 de agosto de 1990, fecha en la que se cumplió el cincuenta aniversario del asesinato de Trotsky, el Gobierno de la Ciudad de México llevó a cabo el acto de inauguración del Instituto del Derecho de Asilo y las Libertades Públicas y la reapertura del Museo Casa de León Trotsky. Esta ceremonia se realizó junto a la antigua morada del exiliado ruso, en la esquina de Viena y Morelos. Ese día, en el auditorio del Instituto se inauguró un coloquio histórico internacional titulado "Trotsky – Cincuentenario de su muerte 1940-1990", que reunió a especialistas mexicanos, extranjeros y personalidades que conocieron y colaboraron con Trotsky [43]. Esta actividad académica, que se desarrolló entre el 20 y el 24 de agosto de 1990, fue uno de los cinco coloquios concernientes a Trotsky que se realizaron en el mundo ese año, cuando tenía lugar en la Unión Soviética la rehabilitación histórica y la publicación de las obras del revolucionario y pensador marxista.
Escasez de recursos
En la década de 1990, el Museo atravesó por tiempos difíciles. El principal problema fue la escasez de recursos económicos. El Departamento del Distrito Federal no le asignó oficialmente un presupuesto que permitiera su funcionamiento. Huelga decir que los gastos del Museo se incrementaron por la necesidad de un personal permanente y por estar abierto al público. El subsidio percibido era insuficiente [44]. Todo ello hizo que el estado del Museo Casa fuera decayendo, tanto en su sentido museístico como en su conservación. Además por la falta de los fondos necesarios, cesó el servicio de biblioteca.
El 15 de noviembre de 1996 la institución quedó registrada como Instituto del Derecho de Asilo Museo Casa de León Trotsky, A.C. [Asociación Civil]. Ese mismo año se constituyó su Consejo Directivo, presidido por el licenciado Javier Wimer [45]
En enero 1998, el director del Museo, Jorge Max Rojas, declaró a un periódico local que la casa donde vivió Trotsky prácticamente había sido abandonada por las autoridades de la capital, y que sobrevivía con los magros ingresos recaudados de la taquilla (se requería de 40.000 a 50.000 pesos mexicanos por mes para mantener el Museo en condiciones "decorosas"). También informaba que el Instituto del Derecho de Asilo y las Libertades Publicas no había operado como tal por falta de patrocinio. Ello no obstante, recalcaba Rojas que, a pesar de la situación de penuria por la que atravesaba el Museo Casa de León Trotsky, desde finales de 1995 hasta 1997 se había llevado a cabo diversidad de actividades culturales. E informaba que en 1996 visitaron el Museo 28.000 personas, y en 1997 lo hicieron 35.000 [46].
Esta penosa situación motivó que el Museo, en 1997, solicitara a la sociedad civil una contribución económica para el funcionamiento de la institución. Por otra parte, esta campaña de rescate incluyó una serie de actividades para procurarse fondos económicos. Fue a fines de aquel año cuando una asociación civil mexicana aprobó el financiamiento del proyecto de investigación titulado "México, tierra de exilios y migraciones 1783-2000", que le asignó al Museo un monto de 6.500 pesos mensuales por año. Tal aporte le permitió proseguir su función [47].
En el año 2000, el Museo recibió de ayuda la cantidad de 40.000 pesos anuales que, junto con los ingresos de taquilla, constituyó un exiguo presupuesto que no permitió el mantenimiento de un personal permanente.
Un año más tarde, en julio de 2001, Javier Wimer, presidente del Consejo Directivo del Instituto de Derecho de Asilo Museo Casa de León Trotsky, refiriéndose a la situación financiera de esta asociación, comentó en una entrevista periodística: ''Es un museo que apenas sobrevive, tiene muy poco subsidio'' [48].
El Museo León Trotsky hoy
En 2001, por gestiones realizadas por el profesor José Antonio González de León, director del Museo, y concluidas por el doctor Carlos Ramírez Sandoval, su sucesor, el Instituto del Derecho de Asilo Museo Casa de León Trotsky A.C. obtuvo un presupuesto de 100.000 pesos anuales, proveniente del Instituto de Cultura del Gobierno del Distrito Federal. A finales de 2002, dicha institución le otorgó una subvención por 800.000 pesos anuales, monto que le permitió superar la crisis presupuestaria que enfrentaba desde hacía varios años. De este modo, hubo de efectuarse la reestructuración del Museo. Se consiguió una mejora apreciable en el ámbito museográfico. A través de numerosas fotografías y cédulas exhibidas, el Museo Casa, en la actualidad, proporciona información concerniente a la vida y obra de León Trotsky y de sus años de permanencia en México.
Además, en la sala de exhibición, se dispuso de dos vitrinas en la que se expone una serie de artículos: el tomo primero del Diccionario Enciclopédico de la Lengua Rusa Vladimir (éste muestra las huellas del incendio que sufrió la casa de Trotsky en Prinkipo, en 1931), dos juegos de gafas, una carabina utilizada por los guardias, un diccionario ruso-francés de 1924, la agenda calendario de 1937 utilizada por Trotsky durante la estancia en México de la Comisión Dewey, la agenda directorio utilizada por los exiliados rusos, los cilindros de cera para el dictáfono y documentos de Natalia Sedova.
Adicionalmente, el Museo ofrece información sobre la trayectoria política del revolucionario ruso mediante la proyección de documentales sobre su vida en una sala acondicionada frente al jardín.
La biblioteca del Instituto pudo reiniciar su actividad (tiene alrededor de 7.500 ejemplares). En la Sala de Exposiciones Temporales han exhibido sus trabajos destacados artistas plásticos mexicanos y algunos del extranjero.
De otra parte, entre las obras de conservación de la biblioteca de Trotsky (que consta aproximadamente de 2.200 volúmenes), se procedió a la limpieza de los ejemplares y a empastar aquellos que se hallaban en mal estado.
En el jardín se añadió un pasadizo al efecto de que los visitantes puedan acercarse al monumento funerario, en cuya basa se ha colocado una placa recordatoria con los nombres de León Trotsky y Natalia Sedova, donde se indica las fechas de nacimiento y muerte de cada uno.
En el espacio que sirvió de bodega se instalaron sanitarios, y en el área donde Trotsky crió a sus conejos y pollos funciona hoy una cafetería.
Por otro lado, en el mes de agosto, al cumplirse un nuevo aniversario de la muerte de Trotsky, el Museo organiza conferencias sobre la obra del revolucionario que se desarrollan en el auditorio del Instituto.
Además, se ofrece a la venta algunos títulos sobre Trotsky, postales y camisetas del Museo.
Junto con TV UNAM, el Museo Casa de León Trotsky ha coproducido el documental Trotsky y México. Dos revoluciones del siglo XX (México, 2005), dirigido por el cineasta argentino mexicano Adolfo García Videla [49].
El Dr. Carlos Ramírez Sandoval, director del Museo desde enero de 2001, nos informó que actualmente el subsidio que la institución percibe es de 800.000 pesos anuales. No obstante, tal presupuesto no cubre la totalidad de gastos que genera su mantenimiento (representa un 38% del total del presupuesto). La casa donde viviera Trotsky es una antigua edificación con problemas de humedad, situación que demanda impermeabilizarla cada año. Otro problema es el intenso tráfico de la avenida Río Churubusco, que produce vibraciones en el edificio. El déficit en el presupuesto se ha cubierto con el incremento de los ingresos de taquilla. En ese sentido, se ha organizado un programa de visitas guiadas, dirigidas principalmente a estudiantes [50].
Según nos refirió Ramírez Sandoval, actualmente el Museo tiene un promedio mensual entre 8.000 y 10.000 visitantes, y al año recibe más de 100.000 visitas. Entre quienes recorren sus ambientes figuran gentes venidas de Europa (primordialmente de España y Francia), de los Estados Unidos, y de Sudamérica (principalmente de Argentina) [51].
El director recalca que en los últimos años ha cambiado la percepción pública acerca del Museo. En el pasado reciente hubo agresiones contra el edificio de parte de quienes, por desconocimiento, creían que se trataba de un centro de adoctrinamiento comunista. Empero, la actual administración, según nos informó, se ha interesado en difundir el carácter cultural del Museo, entidad cuyo propósito es dar a conocer la historia de una de las figuras políticas más paradigmáticas del siglo XX. "Este Museo está dedicado a la memoria de un gran hombre, de un gran revolucionario, fundador de esperanzas para la humanidad. No nos convertimos en un ámbito de tipo ideológico, sino de historia alrededor de este revolucionario", enfatiza Ramírez Sandoval [52].
Entre las principales características del Museo se tiene: la organización de los espacios interiores, el mobiliario rústico y el jardín, que en su conjunto dan cabal expresión de las ideas y de la austera vida doméstica de León Trotsky.
El edificio que habitó este intelectual socialista consta de los siguientes ámbitos:
- La oficina.- Amplia sala en la que trabajaron los secretarios de Trotsky. En aquella época las mesas lucían cubiertas de periódicos y revistas. Más tarde, sirvió de biblioteca a Natalia Sedova. Sobre las mesas y anaqueles permanecen muchos libros propiedad de Trotsky. En los estantes se encuentran los que pertenecieron a Natalia Sedova adquiridos después de 1940. El acervo que se conserva hasta la fecha consta de más de 1.500 volúmenes dispuestos en ese lugar. También se exhibe allí la grabadora Webster Chicago, y la máquina de escribir Underwood. Las únicas piezas posteriores a 1940 son el escritorio de cortina de Natalia y un discreto lienzo, obra del pintor ruso Vlady Kibalchich.
- El comedor.- Sentados alrededor de la mesa comían siempre juntos Trotsky, Natalia, su nieto y el resto del personal que asistía a Trotsky, incluyendo a sus guardias, secretarios y amigos. Los muebles conservan la pintura y la disposición originales. En el aparador se conservan las piezas de artesanía mexicana, de colores brillantes, que en su mayoría provienen de Michoacán.
- La cocina.- Esta área presenta un rústico mobiliario, como en el conjunto de la casa, y se halla decorada con vajilla de barro mexicana. Natalia Sedova era quien dirigía las labores de cocina.
- El estudio.- Lugar de trabajo cotidiano de Trotsky, fue también el escenario de su lucha final: la que libró contra su agresor. La luz ingresa desde el jardín a través de una ventana-balcón con vitral. La mesa de madera clara está cubierta con libros y folletos. Sobre ésta se hallan algunas cuartillas mecanografiadas, los cilindros de cera dictafónicos, un portalápiz, dos tinteros, un secante de escritorio, unas tijeras, un pequeño maletín y los anteojos usados por Trotsky, cuya montura está partida. Un calendario indica la fecha del crimen. En esta mesa de trabajo Trotsky escribió, durante sus últimos meses, la biografía de Stalin, que no concluyó. Junto a la mesa puede verse el dictáfono Edison Dictating Machine. Al lado izquierdo del escritorio, se ubica el estante que contiene diccionarios y libros de consulta. Sobre éste, se exhibe un busto de Trotsky en mármol, reproducción del original realizado por la escultora británica Clare Sheridan en 1920. Dos libreros grandes contienen el fondo principal de la biblioteca de Trotsky: sus obras completas (publicadas en Moscú entre 1924 y 1927), las obras ompletas de Lenin (en ruso), escritos de Marx y Engels y ochenta y seis tomos de la enciclopedia rusa Brockhaus y Efron, entre muchos otros volúmenes publicados en diferentes idiomas [53]. En la esquina se encuentra la cama donde Trotsky solía descansar.
- El dormitorio de Trotsky.- La cama que hoy se exhibe ocupa el lugar de las dos que originalmente hubo, que fueron acribilladas durante el primer atentado contra la vida de Trotsky (las huellas de los disparos pueden verse aún en la pared norte del recinto y en la cabeza del lecho). Sobre la cama se halla el sombrero de paja usado por Natalia Sedova. En la mesa del dormitorio, al lado derecho, están las fotografías de los hijos de Trotsky y Natalia: León y Serguei Sedov y, en el centro, una foto de Natalia Sedova. En la mesa del lado izquierdo, se muestra una foto de Sieva Volkov con su hermana Alexandra Moglina y un retrato de Alexandra Sokolovskaia, primera esposa de Trotsky. Otros muebles del dormitorio son el velador, el sillón, la silla y la cómoda.
- La recámara del nieto.- Cuando Sieva Volkov arribó a Coyoacán en 1939, ocupó el cuarto contiguo al de sus abuelos. Ahí dormía cuando se produjo el primer atentado contra la vida de Trotsky. La cama que hoy se muestra no es la original, que consistía en un catre metálico.
- El cuarto de baño.- Al lado del corredor que comunica el cuarto de Trotsky con el de Sieva, se encuentra el baño. Es un espacio largo y estrecho en medio del cual se sitúa un ropero donde se conservan algunos atuendos que pertenecieron a Trotsky y Natalia. Está compuesto por el lavatorio, la bañera, el calentador de agua y un armario; en el extremo izquierdo, se encuentra una instalación de ducha y el inodoro. Presenta un pequeño espejo octogonal, debajo del cual, en una repisa de vidrio, se muestra la brocha y la máquina de afeitar de Trotsky y un envase de talco Colgate.
- La casa de los guardias.- En el ala norte oriente de la casa, se halla el edificio que sirvió de vivienda al personal y que, más tarde, habitó Esteban Volkov y su familia. En el primer nivel se ha acondicionado una sala donde se expone la vida de Trotsky antes de su arribo a México en fotografías y cédulas. Aquí también se presenta su árbol genealógico.
El Museo Casa de León Trotsky abre sus puertas de martes a domingo entre las 10 y las 17 horas. La entrada general para los visitantes es de 30 pesos.
Reflexiones finales
En el curso de su itinerante vida, León Trotsky habitó junto con su familia en múltiples viviendas, ora en Rusia, ora en el extranjero. De todas ellas, la casa de Coyoacán, escenario final de sus días, se ha constituido en el único museo dedicado a su memoria. La voluntad de preservar este patrimonio histórico para recordar la significación de la vida y el legado de uno de los más importantes pensadores del siglo XX, se lo debemos primordialmente a su viuda, Natalia Sedova, y al nieto de Trotsky, el ingeniero Esteban Volkov.
Por ser de propiedad estatal, la conservación y el mantenimiento del Museo Casa de León Trotsky quedaron sujetos a los avatares políticos de la administración pública mexicana. Después de su recuperación en 1990, cuando fuera restaurado, el Museo apenas consiguió sobrevivir con exiguos ingresos. Hoy, su situación financiera ha mejorado considerablemente y ello le permite proseguir su actividad en condiciones dignas y brindar un servicio adecuado a quienes lo visitan.
Conviene recordar que, en 1990, la renovación y actualización museográfica llevada a cabo estuvo guiada por el principio de conservar íntegro el aspecto de la casa. Es preciso que tal criterio se mantenga siempre. La intervención museográfica que se haya de realizar deberá ser respetuosa del aspecto que la casa y sus objetos tuvieran en 1940.
¿En qué reside el valor y el significado histórico de este recinto? Tras sus muros, se escribió el capítulo final de la biografía de una de las personalidades eminentes de la historia mundial contemporánea; simboliza la hora estelar en que la historia de México –a decir de Manuel Aguilar Mora– "cruzó con la biografía de una de las mentes y voluntades revolucionarias sobresalientes del siglo XX" [54]; refleja los momentos históricos de la postrer lucha que Trotsky libró contra el régimen usurpador en la Unión Soviética; muestra el escenario de acoso y atentados criminales del stalinismo contra su principal crítico y acusador; y representa el reducto final de un destino singular, que estuvo guiado por la fe y la esperanza incólumes en la liberación y el porvenir socialista de la humanidad.
***
Tuve la experiencia memorable de visitar la casa de Trotsky en dos épocas diferentes. La visité por primera vez el 15 de agosto de 1990, acompañado por Esteban Volkov, durante la etapa final de las labores de restauración. Algunos días después, el 20 agosto, fui testigo de su constitución como museo público y de la inauguración del Instituto del Derecho de Asilo y las Libertades Públicas. En esa época, recorrí sus ambientes en varias ocasiones; comencé a reunir información sobre su historia e hice un registro fotográfico completo del Museo Casa. Dieciséis años después, el 8 de agosto de 2006 regresé a Coyoacán, en cuyas calles el pasado convive en armonía con el presente.
En la antigua casa de la calle Viena (hoy en el número 33), la gran enredadera ha crecido tanto que cubre casi en su totalidad el muro hasta la calle. En su interior, los altos árboles envuelven con su sombra un área grande del jardín. Oí el trinar de los pájaros y observé a dos ardillas trepar por un árbol. La atmósfera es sosegada y apacible. Me aproximé a las conejeras y recordé las fotografías y filmes donde Trotsky, vestido con una chaqueta azul, fue captado atendiendo a sus animalitos. Lo hube de imaginar caminando por el patio, con su andar rápido y animado y sus gestos vivaces. Pensé en la gran familia que se constituyó en ese lugar mientras Trotsky vivía. Reflexioné también sobre los momentos de alegría, sobresalto y dolor por los que atravesaron sus moradores. El atentado frustrado y el día fatal ...
Las horas que ahí permanecí coincidieron con la visita de numerosas personas, sobre todo extranjeras, quienes recorrían los espacios del Museo y observaban con atención las fotos y los objetos que se exhiben.
Lunes 21 de agosto de 2006: se cumplen sesenta y seis años de la muerte de Trotsky. La dirección del Museo organizó para ese día un acto de homenaje junto a la tumba del revolucionario. A éste asistió el personal del Museo y de la Delegación Coyoacán. Al pie del monumento –como cada año en esta fecha– se había colocado algunas pequeñas ofrendas florales. Hacia el mediodía, junto con Esteban Volkov, el director del Museo, Carlos Ramírez Sandoval, y el jefe de la Delegación Coyoacán, Miguel Bortolini, nos congregamos junto al monumento funerario y en discursos espontáneos se evocó al luchador social y la trascendencia de su rol. Luego de ello guardamos un minuto de silencio a la memoria de Trotsky.
Concluida la ceremonia, nos retirábamos del lugar, y mis ojos se volvieron hacia la estela en el jardín, que en ese instante el sol hacía resplandecer.